Consumo de drogas y VIH/SIDA en el contexto penitenciario de la Ciudad de México

 

Gloria Estela Castellanos López

Facultad de Psicología, UNAM
(México)

 

RESUMEN  

El objetivo fue describir cómo se relacionan la práctica del consumo de drogas y el VIH/SIDA en un centro penitenciario varonil, donde el principal factor de riesgo se sitúa en la realización de encuentros sexuales no protegidos cuya intención es financiar la adicción. El consumo de drogas obstaculiza la prevención del VIH/SIDA porque el riesgo se liga a identidades “el adicto” en vez de comportamientos específicos “no usar condón”, así quienes no utilizan drogas se sienten protegidos por no pertenecer al “grupo de riesgo” aunque realicen prácticas de riesgo; los IVVS (internos que viven con VIH/SIDA) han desarrollado un sentimiento de desesperanza donde la ausencia de un futuro positivo posible para si mismos les lleva a optar por el consumo de drogas como una alternativa para afrontar su desagradable realidad y facilita que abandonen el tratamiento retroviral, acelerándose la aparición de la fase del SIDA.

PALABRAS CLAVE: consumo de drogas, VIH, SIDA, instituciones penitenciarias.

 

ABSTRACT

The objective was to describe the relation between drugs consumption and HIV/Aids’s in a male prison, where main factor risk is sexual intercourse without protection whose intention is to finance his addiction. Drugs consumption obstructs HIV/Aids’s prevention because risk is associated to identities “the addict” instead of specific behaviors “not to use condom”, so, whom does not use drugs feels protected by no belonging to “risk group” although they have risk practices; ILHA (inmates who live with HIV/AIDS) have developed a despair feeling where the absence of a positive future for themselves leads them to drugs consumption as an alternative for coping his disagreeable reality and make easy that they abandon their retroviral treatment accelerating Aids’s phase appearing.

KEY WORDS: drugs consumption, HIV, AIDS, prisons.

 

Introducción

Las personas en reclusión se sitúan al margen de la sociedad, frecuentemente sin acceso a la prevención, cuidado, tratamiento y apoyo respecto al VIH/SIDA, la prevalencia en población recluida, por lo general, es mucho más elevada que en la población general. El uso de drogas inyectables, la actividad sexual y la violencia son elementos que favorecen la transmisión del VIH, al ser comunes los intercambios sexuales forzados donde el uso del condón no es una práctica válida.

De acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (2002), en México los reclusos suelen estar expuestos al contagio del VIH por las prácticas siguientes: relaciones sexuales no protegidas, inyección de drogas y traspaso de agujas y jeringas sin esterilizar de vena en vena, agresiones con armas punzocortantes, los cortes que los que los internos se inflingen en brazos y cuello intercambiando el mismo instrumento cortante, y los tatuajes efectuados con instrumentos no esterilizados.

En la república mexicana existen aproximadamente 182 000 personas que viven con VIH/SIDA, lo que representa una prevalencia del 0.03% en población general (CENSIDA, 2007), mientras que la prevalencia en varones privados de la libertad es de 1.6% (Castellanos y Flores, 2007), lo que equivale a 6 700 personas (Parrini, 2006). En la Penitenciaría del Distrito Federal hay 59 casos registrados, en una población de 2,050 internos, se trata de la institución penitenciaria que concentra a los varones recluidos seropositivos detectados en cualquiera de los otros centros varoniles existentes en la entidad, las pruebas de seropositividad se realizan de manera voluntaria, no existiendo consejería previa ni posterior a la misma. Por lo general, las pruebas de VIH se aplican a los internos cuando han presentado constantemente problemas de salud y se sospecha la posibilidad de que sea seropositivo o cuando realizan la solicitud para la visita íntima ya que una de las condiciones que deben cubrir de acuerdo con el reglamento es no padecer ninguna infección de transmisión sexual. En esta institución la confidencialidad del estado seropositivo no se mantiene ya que existe un dormitorio donde son ubicados quienes han obtenido resultados positivos. Es difícil estimar la cantidad de internos usuarios de drogas o los que tienen relaciones sexuales sin protección, porque en teoría son comportamientos que no están permitidos o no deberían ocurrir en un sistema penitenciario y por eso se realizan en la clandestinidad, lo que dificulta el acceso y uso a los condones como medio de prevención.

Algunas características que comparten las personas que viven en prisión son: haber tenido múltiples parejas sexuales y uso inconsistente del condón (Chang, Bendet, Koopman, McGarvey y Cantebury, 2003); padecer I.T.S., inadecuada percepción de riesgo, bajos niveles de conocimiento acerca del VIH, comunicación deficiente con sus parejas (Lang y Belenko, 2001); sobrevaloración de los riesgos de contacto, alrededor del 90% declara conocer los mecanismos de transmisión del VIH pero un 50% expresa comportamientos irracionalmente precavidos (Arroyo y Aso, 2000).

El consumo de drogas ha sido una práctica asociada a la transmisión del VIH principalmente por el intercambio de jeringas y agujas contaminadas entre usuarios de drogas inyectables, como ocurre en algunas cárceles al norte de la república y en otros países como Argentina y España (Coker, 2003; Schifter, 2001; ONUSIDA 2003; Cravioto, Medina-Mora, De la Rosa, Galván y Tapia-Conyer, 2003), sin embargo, en los centros penitenciarios del Distrito Federal es una práctica poco usual, la mayoría de las personas que se encuentran en ellos provienen de ambientes familiares y sociales marginales caracterizados por carencia de recursos económicos y con fracaso escolar, por lo que las drogas inyectables resultan caras y complicadas de utilizar para ellos (deben conseguir jeringas, agujas, ligas para amarrarse el brazo, agujas, cocaína o heroína), las sustancias que consumen al interior de estos lugares son: crack (cocaína en piedra), marihuana, pastillas psicotrópicas, cocaína en polvo e inhalantes, no existen estadísticas que permitan determinar en que porcentaje se da este consumo (Castellanos y Flores, 2007). El riesgo que involucra ser usuario de drogas en este caso, es el intercambio sexual con internos al parecer no portadores para conseguir dinero o la misma droga, en donde el uso del condón no es una práctica viable.

El presente trabajo forma parte de una investigación más amplia cuyo objetivo fue explorar el contenido de la representación social del VIH/SIDA mediante un acercamiento a la producción discursiva de las personas que viven y trabajan en dos centros penitenciarios del Distrito Federal. El objetivo de este trabajo en particular es describir cómo se relacionan la práctica del consumo de drogas y el VIH/SIDA en un centro penitenciario varonil.

Método

Se trata de un estudio no experimental, de campo, exploratorio y descriptivo.

Participantes: 30 internos, distribuidos en 3 grupos focales de 10 elementos cada uno, con una media de edad de 36 años, secundaria terminada, un promedio de 38 años de sentencia y 6 años 6 meses en reclusión, en su mayoría por el delito de privación ilegal de la libertad. 4 internos portadores del VIH, 5 trabajadores técnicos (4 psicólogas y 1 trabajadora social) y 3 funcionarios (director, subdirector técnico y el director del hospital).

Procedimiento: Las estrategias utilizadas para recopilar información fueron las siguientes:

Las estrategias para análisis de la información obtenida fueron el análisis temático del contenido, y posteriormente, un análisis textual mediante el programa ALCESTE 4.5, en ambos el consumo de drogas resultó una categoría recurrente.

Resultados

El fenómeno del VIH/SIDA en este centro penitenciario del Distrito Federal ofrece una similitud de lo que ocurre con la población general, donde la adquisición y transmisión se encuentra asociada a las relaciones sexuales sin protección; resalta un elemento que ha caracterizado a estos escenarios, el consumo de drogas, no como se esperaría por el intercambio de aguas y/o jeringas contaminadas por aplicación intravenosa, sino por la realización de encuentros sexuales no protegidos cuya intención es el financiamiento de la adicción. Algunos autores señalan que el ser adictos predispone a los internos seropositivos a intercambiar sexo por drogas o dinero (Chang, et. al 2003; Hogben, Lawrence, Hennessy, y Eldridge, 2003, Lang y Belenko, 2001).

El tema del consumo de drogas surge como un elemento central que obstaculiza la prevención del VIH/SIDA en los centros penitenciarios.

Los internos no portadores refieren experimentar ante la convivencia con los IVVS temor y miedo de contagiarse por el simple contacto físico, generando una sensación de rechazo hacia ‘esas personas’, atribuyéndolo a la ignorancia y falta de información respecto al tema; sienten tristeza al ver cómo se deteriora su salud, reflejándose en su aspecto físico, al observarlos demasiado delgados, demacrados de su rostro, sucios y desaliñados en su vestir por consumir drogas. Sin embargo, cuando conocen IVVS que no cae en la descripción anterior, les genera admiración, porque lo consideran una persona que ha sabido superarse y que se esfuerza constantemente para mantener su salud en buen estado. Cuando conocen a los IVVS desde el reclusorio preventivo o la calle, la reacción es de solidaridad, ofrecer su apoyo y aceptar convivir con ellos. De hecho pareciera que la población se comporta con los IVVS que no son adictos como si no tuvieran VIH y conviven con ellos sin que les genere conflicto, por ejemplo, en las clases y/o cursos impartidos en el centro escolar, en las diligencias cuando deben ser trasladados a los juzgados u hospitales, en los pasillos del servicio médico mientras esperan consulta. En su discurso, los no portadores, enfatizan la diferenciación entre ‘nosotros’ (los sanos, los que no somos portadores) y ‘ellos’ (los enfermos, los que son portadores del virus) en donde pareciera que la diferencia que les interesa remarcar es la de ‘nosotros no consumidores’ y ‘ellos consumidores’.

Los IVVS señalan que la calidad de su interacción con internos no portadores, personal tanto técnico como de seguridad y custodia, depende de su forma de actuar hacia ellos, siendo sus acciones las que impactaran en el trato que éstos les brinden, ya sea de aceptación y convivencia o rechazo y discriminación. El trato recibido se asume como un resultado y consecuencia de las conductas y comportamientos que emitan hacia ellos; quienes se han comportado respetuosos en su forma de relacionarse no se sienten agredidos por su condición de seropositivos, afirman que los IVVS que si han resultado agredidos verbal o físicamente por otros compañeros, son aquellos que consumen drogas y en consecuencia molestan a la visita familiar al pedirles dinero o robar sus pertenencias, despertando la molestia y el enojo de la población. Opinan que la atención médica brindada al interior del centro penitenciario es deficiente porque el personal no está bien informado para tratarlos, algunos se conforman con que se les brinde el medicamento retroviral. Dado que la mayoría de los IVVS incurren en comportamientos indeseables, como la venta de su medicamento, agresiones al personal del servicio médico, solicitar a diario consulta, los médicos les niegan la atención y consulta, aunque en ocasiones si ameriten ser valorados. La única medida existente para prevenir que los portadores desarrollen SIDA, es proporcionarles medicamento retroviral, no hay por parte de la institución actividades complementarias para la atención integral del padecimiento, depende del interés que los IVVS tenga en cuidar su salud, siendo pocos quienes complementan su tratamiento farmacológico con ejercicio, buena alimentación y apoyo psicológico. El número de IVVS que reciben visita familiar es reducido, quienes si la tienen, son frecuentados por lo menos una vez a la semana por sus madres, esposas, hermanas, hijos y sobrinos, en cuyas visitas se puede observar armonía en la convivencia. Sin embargo, también es factible observar, la existencia de maltrato hacia la visita de aquellos internos que son adictos, ya que presionan a la familia para que les lleve dinero, objetos o productos para vender o empeñar y conseguir dinero para la droga; estas situaciones generan hacia ellos sentimientos como: indignación, tristeza, indiferencia, enojo, fastidio y lástima hacia los IVVS consumidores de drogas; solidaridad, simpatía y respeto, hacia los IVVS no consumidores de drogas.

El personal técnico y los funcionarios señalan que existe una amplia diferencia entre los IVVS que son adictos y los que no lo son. Los primeros son definidos como personas que roban, estafan, extorsionan, que piden dinero a la visita familiar y al personal, no se toman su medicamento, porque lo venden o lo tiran, molestan a los demás internos, no se cuidan, venden sus dietas, rentan sus estancias y venden droga. Los días de visita alquilan sus estancias para que entren parejas a tener relaciones sexuales, situación prohibida por el reglamento de la institución, siendo esa una de las formas principales con las que ellos obtienen dinero. Aun cuando son sancionados por los funcionarios, reinciden en estos comportamientos. En el caso de la venta de dietas complementarias y de medicamento que se les da, es una situación que no puede ser sancionada porque no está establecida dentro del reglamento, así que lo más que hacen las autoridades del centro es llamarles la atención de manera verbal e invitarlos a que no incurran en esas conductas. A los segundos, se les atribuyen características como tranquilos, que se preocupan por su salud, que se cuidan, se alimentan bien, hacen ejercicio, trabajan, estudian, acuden a cursos, son respetuosos, toman sus retrovirales de acuerdo con las indicaciones médicas, acuden a sus citas para exámenes serológicos, no usan drogas, reflejando compromiso con el cuidado de su salud procurándose buenas condiciones de salud física al haber respondido bien al tratamiento farmacológico, disminuyendo el número de copias virales.

Señalan que los IVVS consumidores tienen relaciones sexuales a cambio de dinero o de la misma droga, lo que implica un elevado riesgo de transmisión del VIH ya que el uso del condón no está asociado a esta práctica. Reconocen que elevar la calidad de vida de los IVVS no sólo es responsabilidad de la institución, sino también de ellos, de quienes no siempre obtienen respuestas que cristalicen las intenciones (existentes en el discurso) de colaborar en su proceso de salud.

La imagen del IVVS es la de un interno que presenta mucho deterioro físico, a quien se le observa desaliñado y sucio, tanto en su persona como en su ropa y en sus pertenencias, es la imagen que poseen de los internos adictos, no centrándose la descripción en características correspondientes a la portación del virus. En general, hay una imagen negativa respecto a los pacientes seropositivos como personas indeseables que desobedecen constantemente el reglamento y la normatividad institucionales, responsabilizándolos de no cubrir con los elementos necesarios para mantener y cuidar su salud. Consideran que de las prácticas fuera de reglamento efectuadas por los IVVS, el consumo de drogas resulta la más preocupante debido a que tiene un impacto directo e inmediato en el estado de salud de las y los internos portadores, mermando su sistema inmunológico, predisponiéndolos a la adquisición y desarrollo de enfermedades asociadas al síndrome de inmunodeficiencia adquirida, situación que se torna compleja si se toma en cuenta que el medicamento para tratarlos escasea con frecuencia.

Discusión

Las creencias, la afectividad y las prácticas de los actores de ésta institución penitenciaria hacia el VIH/SIDA se encuentran permeadas por el consumo de drogas por parte de los IVVS, coinciden en que este hecho marca una división entre el trato y las oportunidades que se les brindan, comenzando por la imagen del IVVS arriba descrita que es la imagen que poseen de los internos adictos aun cuando no sean seropositivos.

El consumo de drogas genera un deterioro del entorno social (familiares, pares, conocidos, vecinos, etc.), resultando difícil a los adictos plantearse un proyecto de vida al margen de la sustancia. A esto contribuye su baja autoestima, su bajo autocontrol, la carencia de pensamientos críticos hacia la adicción, valores y atributos positivos e interiorizados alrededor del consumo, que les hacen involucrarse en la delincuencia como el vehículo para poder acceder al mercado del consumo, convirtiéndose en distribuidores para financiarlo. Así, es frecuente ver que los beneficios que les brinda la institución por ser pacientes seropositivos, como las dietas semanales, los complementos vitamínicos y/o alimenticios sean intercambiados por dinero o droga, al igual que el medicamento no retroviral que se les proporciona en la farmacia cuando acuden a la consulta médica. La explicación posible respecto al hecho de que el medicamento retroviral no sea vendido, es porque no resulta útil para quien no es portador, al no generar efectos parecidos a los de las drogas, sin embargo, esta situación no asegura que dicho medicamento sea ingerido por los IVVS ya que en ocasiones simplemente lo tiran en el jardín del dormitorio.

El personal técnico y médico que labora en estas instituciones posee prejuicios hacia el consumo de drogas, los construyen como consumidores de droga y así los tratan antes que como pacientes, bajo la creencia de que al ser adictos no importa que la atención que les brinden sea deficiente, cuando se les juzga como personas responsables de su situación más se les desvaloriza, como lo plantean Comby y Devos (1996) las actitudes de rechazo van unidas a explicaciones que priorizan en la responsabilidad de los propios individuos, donde el adicto es considerado como un individuo que ha perdido toda capacidad de control.

Según Conrad (1987), para comprender esta situación se hace necesario explorar el significado de la enfermedad considerando la organización social de quien la sufre, así como sus estrategias de adaptación, las teorías y explicaciones que las personas desarrollan sobre su estado, ya que todo ello influye en la forma de atención, sea o no médica, que proporciona a su padecimiento, de tal modo que quizá para los internos portadores del VIH o enfermos de SIDA, poseer un padecimiento tan estigmatizado les lleve a optar por el consumo de drogas como una alternativa, como se menciona en Castellanos (2007) la necesidad de evadir una realidad poco grata es un elemento de gran peso que justifica el consumo de drogas entre reclusos sustentada en la creencia de que permite aminorar dificultades personales.

Los funcionarios y el personal técnico, consideran que el obstáculo principal para el trabajo con los IVVS se centra en el consumo de drogas por parte de los mismos, atribuyendo a esto la incapacidad de lograr un tratamiento integral que se refleje en la adquisición de estilos de vida saludables para ellos, sin embargo, las acciones que podrían tomar para evitar la propagación del virus, como sería la distribución de condones entre la población, no la realizan aun cuando se encuentra en su discurso como una alternativa de solución.

El consumo de drogas obstaculiza la prevención del VIH/SIDA porque la percepción de riesgo se sitúa en el consumo de drogas y se dejan de lado las prácticas de intercambio sexual no protegido, porque se liga a identidades “el adicto” en vez de a comportamientos específicos como “no usar condón”, provocando  que quienes no utilizan drogas se sientan protegidos de adquirir el virus porque no pertenecen al “grupo de riesgo” sin darse cuenta que con frecuencia realizan prácticas de riesgo. Por lo que las intervenciones deben enfocarse en separar el riesgo de adquisición del VIH de las identidades para asociarlo a las prácticas personales, lo que permitiría posicionar el uso del condón como una decisión personas para el ejercicio responsable y saludable de la sexualidad. Por otro lado, el consumo de drogas refuerza en los IVVS un sentimiento de desesperanza basado en la creencia de que las circunstancias de vida son siempre desagradables y a la ausencia de un futuro positivo posible para si mismos que les lleva a abandonar el tratamiento retroviral, lo que médicamente incrementa la carga viral impactando las funciones del sistema inmunológico y facilitando que ingresen a su organismo bacterias y virus asociados a la fase del SIDA, mermando su estado de salud. Esta situación hace evidente la necesidad de incorporar el trabajo psicológico con los IVVS, para incrementar la adherencia al tratamiento, modificando sus construcciones y significados acerca de la salud y del VIH/SIDA, permitiéndoles elaborar un proyecto de vida tomando en cuenta sus nuevas circunstancias.  

El rechazo hacia los IVVS adictos se explica al situar el consumo de drogas como una práctica que infringe el reglamento de los centros penitenciarios y que es mal vista dentro de nuestra sociedad, dificultando el establecimiento de empatía por el hecho de ser portadores del VIH, al tratarse de un atributo definido por los otros, los no consumidores, como indigno, al realizar una conducta que atenta contra la moral y las buenas costumbres de una sociedad por las repercusiones que tiene a nivel de salud y sociales, ya que es bien sabido que muchas de las personas que comenten un delito lo hacen bajo el efecto de alguna sustancia.

El hecho de que hayan cometido un delito es otro atributo que dificulta contemplar la adicción como una enfermedad en la cual se debe brindar apoyo a quien la padece; debido a que ellos han agredido los bienes tutelados por las leyes al haber robado, violado, matado, transportado y distribuido drogas, defraudado, etc., por lo que consideran que merecen ser castigados como una forma de evitar que vuelvan a repetirlo. Así las limitaciones y carencias con las que viven dentro de prisión es algo que desde afuera se construye como merecido por el daño hecho a la sociedad.

El consumo de drogas sólo puede entenderse si se estudia el contexto social y cultural en el que vive el consumidor, en los centros penitenciarios mexicanos ha sido un fenómeno permitido y tolerado, que en ocasiones es justificado en el discurso como una alternativa que coadyuva en el mantenimiento del ‘equilibrio y la tranquilidad’, es decir, que su presencia evita que ocurran motines y se ponga en riesgo la ‘seguridad institucional’. Esta postura se contrapone al modelo médico limitando los recursos y las oportunidades existentes en estos escenarios para establecer medidas preventivas en relación al problema de salud que representa el VIH/SIDA.

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