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De la “sociedad del conocimiento” a la “sociedad del afecto” en la perspectiva de la Teoría de la praxis


Marco Eduardo Murueta

UNAM Iztacala, AMAPSI


Hacia la construcción de un mundo posible fue el lema adoptado por el Comité Organizador del IV Congreso Latinoamericano de Alternativas en Psicología, realizado en Morelia en marzo de 2007. Hay una obvia referencia al lema “otro mundo es posible” postulado por los altermundistas, conocidos inicialmente como los “globalifóbicos”. Sólo que en el caso del Congreso de Alternativas en Psicología se incluye expresamente el compromiso con la “construcción” de ese otro mundo posible.

Antes del desvanecimiento del proyecto de la Unión Soviética y de los países socialistas de Europa Oriental alrededor de 1989-1990, ese otro mundo “posible” se conocía precisamente con el nombre de “socialismo”. Pero las desilusiones y el desprestigio en el que cayeron los gobiernos y los partidos que tomaban esa palabra como símbolo, dieron lugar –entre otras– a las siguientes tendencias:

  1. Se consolidó la idea de algunos acerca de que los proyectos socialistas son absurdos, equivocados y contrarios al bienestar y a la libertad de los seres humanos, por lo que –para ellos– sólo quedó vigente un sólo modelo de vida humana: el capitalismo, cuya expresión extrema se conoce actualmente como “neoliberalismo”. Dado este modelo mundial, se ha enarbolado el concepto de “globalización” tomando como referencia la idea de la “aldea global” que McLuhan (1996) postulara cuando advirtió el poder de captación y de influencia de los medios masivos de comunicación, especialmente de la televisión. Con la evolución de las computadoras, los teléfonos celulares y la internet, Castells (1999) pensó que se estaba entrando a una nueva etapa humana, la Era de la información, y Peter Drucker (1999) concibió su evolución hacia la Sociedad del conocimiento. Este es el enfoque predominante en organismos internacionales, gobiernos, universidades y academias.

  2. Por otra parte, cobró auge el movimiento intelectual de la posmodernidad, crítico del cientificismo, el racionalismo y el instrumentalismo característicos de la “modernidad”, cuyos antecedentes pueden remontarse a los críticos del pensamiento kantiano: Fichte, Schelling, Schopenhauer, Nietzsche, Max Weber y Heidegger. El movimiento de la posmodernidad toma forma durante la segunda mitad y finales del siglo XX con autores como Foucault, Habermas, Lyotard y Castoriadis, entre otros. Los autores de la posmodernidad no proponen con claridad un proyecto social alternativo a la “modernidad”, porque eso sería tanto como caer en lo que critican al proponer un nuevo modelo con pretendida validez universal. De tal manera que implícita o explícitamente se valora y se promueve la diversidad, la autonomía y la dispersión, es decir, el individualismo que –a pesar de la crítica a la modernidad– encaja muy bien en la ideología moderna de la globalización capitalista y la democracia. Cada quien su mundo, cada quien sus intereses y sus propios valores; que sean los números de votos o la oferta y la demanda los que decidan lo que quiere la “ciudadanía” impersonal, sin diálogo, sin consensos; como si el poder de influencia de los dueños de los medios masivos de difusión no fuera un factor determinante.

  3. También se desarrolla y consolida la propuesta epistemológica de “la complejidad”, de la relación entre orden y desorden, de la racionalidad e irracionalidad, sostenida por autores como Edgar Morin y Niklás Luhman. La propuesta fundamental de este enfoque es la contraposición a la idea epistemológica cartesiana de que la ciencia, el conocimiento, consiste esencialmente en reducir lo complejo a sus partes más simples, a través del “análisis”. En lugar de ello, los autores de la complejidad se proponen reivindicar la “síntesis” para comprender los fenómenos integralmente, en su complejidad, integrando conceptos “borrosos” (Morin, 2001).

Así, en relación con la vida social contemporánea, una conclusión general a que llegan Morin, Ciurana y Motta (2003) es la siguiente:

“En este siglo XXI… es esencial para la creación de condiciones de posibilidad de la emergencia de una civilización planetaria… repensar el concepto de desarrollo (…) debe concebirse de forma antropológica… el verdadero desarrollo es el desarrollo humano… (y no sólo ‘economicista’).

“La noción de desarrollo es multidimensional (…) el desarrollo supone la ampliación de las autonomías individuales a la vez que el crecimiento de las participaciones comunitarias… Más libertad y más comunidad, más ego y menos egoísmo (…) es preciso… tomar conciencia de un fenómeno clave de la era planetaria: el subdesarrollo de los desarrollados crece precisamente con el desarrollo tecnoeconómico (…). El subdesarrollo de los desarrollados es un subdesarrollo moral, psíquico e intelectual… es preciso ver la miseria mental de las sociedades ricas, la carencia de amor de las sociedades ahítas, la maldad y la agresividad miserable de los intelectuales y universitarios, la proliferación de ideas generales vacías y de visiones mutiladas, la pérdida de la globalidad, de lo fundamental y de la responsabilidad. Hay una miseria que no disminuye con el decrecimiento de la miseria fisiológica y material, sino que se acrecienta con la abundancia y el ocio. Hay un desarrollo específico del subdesarrollo mental bajo la primacía de la racionalización, de la especialización, de la cuantificación, de la abstracción, de la irresponsabilidad, y todo eso suscita el desarrollo del subdesarrollo ético” (Pp. 127-129).

Paradójicamente, dichos autores creen ingenuamente que la salida a esa “miseria moral, psíquica e intelectual” que prevalece y crece en el mundo actual depende de un voluntario cambio de enfoque en los países con mayor poder tecnoeconómico, mediante una simple toma de conciencia; se mantienen en el enfoque “racionalista” que han criticado. Dicen:

“Mientras se continúe siendo mentalmente subdesarrollado, se acrecentará el subdesarrollo de los subdesarrollados. La disminución de la miseria mental de los desarrollados permitiría rápidamente, en nuestra era científica, resolver el problema de la miseria material de los subdesarrollados. Pero es justamente ese desarrollo mental el que no logramos superar porque no tenemos conciencia de él” (Ibíd., p. 131).

Es la tesis clásica psicoanalítica y psicoterapéutica de que hacer consciente lo inconsciente es la base de la superación personal y colectiva. La toma de conciencia, el darse cuenta, el conocimiento, la razón, otra vez como el eje de la vida personal y de la vida colectiva. Lo mismo que se critica a la “modernidad” y a la “sociedad occidental” se asume implícitamente. Así, la posmodernidad y el enfoque de la “complejidad” son perfectamente compatibles con la perspectiva de “sociedad del conocimiento” propuesta desde un enfoque modernista.

Por ello, ante la falta de conceptos realmente alternativos para construir un ideario congruente, los altermundistas no han logrado definir todavía cómo puede ser ese otro mundo posible del que hablan, y de qué manera se puede transitar hacia él. Hay una confusión y una mezcla de conceptos poco articulados, una gran diversidad de opiniones y tendencias que no han podido amalgamarse de una manera coherente; sólo queda claro el rechazo a la forma actual de vida que prevalece en el planeta. Hay algunos conceptos que unifican las expectativas, pero se carece de un ideario compartido que pudiera convocar y orientar a grandes movimientos sociales, capaces de abrir una nueva era. El consenso ideológico alternativo puede concentrarse en los siguientes puntos:

  1. Equidad económica mediante la redistribución de la riqueza (superación de la pobreza).

  2. Equidad entre géneros.

  3. Paz social (no a las guerras).

  4. Desarrollo educativo y cultural de todos.

  5. Cuidado de los recursos naturales y de la vida en el planeta.

  6. Respeto e integración de minorías.

Hasta ahora, estos seis puntos constituyen una especie de carta de buenos deseos. Por eso los llamados globalifóbicos muestran su desesperación en las famosas protestas que realizan frente a cada reunión de los presidentes de los países tecnopoderosos; lo que tuvo un momento culminante con el impactante suicidio del presidente de la Liga Campesina Coreana, Kyunghai Lee, durante la cumbre de la Organización Mundial de Comercio realizada en Cancún en septiembre de 2003. Ni siquiera eso ha propiciado la sensibilización, el cambio de mentalidad o la toma de conciencia social de los presidentes y políticos neoliberales.

De ahí también la importancia de los Foros Sociales Mundiales realizados cada año desde 2001:

“En 1998 el movimiento norteamericano ‘Public Citizens’ y el periódico francés ‘Le Monde Diplomatique’ divulgaron la propuesta del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) que se estaba negociando secretamente en el marco de la OCDE. Este acuerdo concebía la libertad total de movimiento de capitales a nivel mundial sin ningún tipo de restricción política, social o medioambiental. Era la creación de una verdadera ‘Constitución’ del capital al margen de la sociedad. Consiguieron sensibilizar a la opinión pública y finalmente Francia abandonó las negociaciones y el tratado no se firmó.

“Desde entonces, donde los poderosos del planeta se reunían a hablar de finanzas, comercio, pobreza, medioambiente..., comenzaron a surgir movilizaciones sociales y foros paralelos que protestaban por su cinismo e inoperancia frente a los problemas de la humanidad. La consecuencia inmediata fue que se forjó la conciencia sobre la importancia de una sociedad civil mundial articulada que luchase por globalizar la solidaridad y la justicia.

“Pero el movimiento por una globalización alternativa necesitaba pasar de ser un grupo de descontentos a tener una dinámica más propositiva y encontrar otras respuestas a la situación actual y al neoliberalismo. Eso llevó a plantear la realización en el 2001 de un foro de encuentro alternativo y con dinámica propia al Foro Económico que se venía realizando en la ciudad de Davós (Suiza)… El Foro Mundial no nació con la intención de ser un ámbito deliberativo, representativo, o un poder alternativo; sino más bien como punto de toma de contacto, conocimiento, intercambio de experiencias y de creación de redes entre los distintos movimientos sociales que están trabajando en los distintos rincones del planeta, buscando democratizar la economía, devolver el protagonismo a lo humano, y hacerlo desde el ámbito local de sus pueblos o ciudades” (Somos mundo, 2002).

Sin embargo, los resultados alcanzados en esos importantes foros se reseñan en la siguiente autocrítica:

“También se le critica (al Foro organizado) la falta de desarrollo de alternativas concretas. Se teme que siga siendo sólo foro de descontentos. La grandísima variedad de grupos y la estructura actual horizontal pueden favorecer la inconcreción y dispersión. Pero lo que sí es cierto es que este Foro ha generado un reforzamiento del movimiento solidario mundial. Iniciativas como ésta se están empezando a dar a niveles más regionales y locales. La necesidad real continúa: hace falta un cambio, este sistema es insostenible y está lleno de agujeros y… (no) lo pueden ocultar. Es más: interesa ese cambio” (Ibíd).

En efecto, hace falta la elaboración de conceptos y proyecciones que permitan hilvanar alternativas realistas, concretas y eficaces. En la medida en que esos conceptos y proyecciones estén ausentes, los movimientos sociales tienden a ser brotes de inconformidad relativamente pasajeros. Cuando algunos de los críticos del neoliberalismo llegan al poder ejecutivo y legislativo por la vía electoral, fácilmente caen en prácticas similares a las anteriores, con algunos matices de sensibilidad social que, en esencia, mantienen un enfoque conceptual muy parecido al que critican. Al menos eso es lo que ha sucedido hasta ahora con muchos de los gobiernos “socialistas” o “de izquierda” en cada país. El paternalismo gubernamental y la falta de una sociedad organizada y participativa se mantienen en casi todos los casos; no hay cambio social esencial, aunque haya algunas medidas paliativas de la pobreza y la inequidad.

Lo que sí puede resultar una gran novedad en esta primera parte del siglo XXI es la posibilidad cada vez más cercana de la unificación de América Latina, cuyo impacto mundial puede ser de grandes dimensiones en todos los ámbitos, constituyendo así un punto de referencia fundamental. Por eso urge construir los marcos de referencia conceptual que contribuyan a dar cauces alternativos al desarrollo social y ayuden al alumbramiento de esa nueva etapa.

El primer paso es romper la inercia del colonialismo intelectual, especialmente en el ámbito científico. En el caso de la psicología, esa es la razón de ser de la Unión Latinoamericana de Entidades de Psicología (ULAPSI). Dialogar con los psicólogos y científicos de todo el mundo, especialmente con los demás psicólogos y científicos latinoamericanos. Intercambiar puntos de vista, atrevernos a proponer alternativas teóricas, prácticas, metodológicas, y polemizar con franqueza y apertura. Eliminar la sumisión a autores, conceptos y técnicas; tomarlos como materia prima para producir conceptos nuevos.

En este trabajo, frente al proyecto de la “Sociedad del Conocimiento” planteada por Peter Drucker (1999), concebida como la sociedad post-capitalista, con base en los avances tecnológicos de la cibernética y la llamada “Era de la información” postulada por Castells (1999), queremos proponer el proyecto alternativo de la “Sociedad del afecto” para poner énfasis precisamente en el aspecto más descuidado por la vida moderna y, en general, por las sociedades occidentales, el cual –sin embargo– parece tener su mayor reserva precisamente en América Latina.


Era de la información” y “Sociedad del conocimiento”


En La sociedad red (1999), como parte de la Era de la información, Castells compara el posible cambio social efecto de la tecnología informática con el impacto que tuvo en su momento la revolución industrial.

Drucker (1999) distinguió la “información” del “conocimiento”, poniendo énfasis en la capacidad de interpretar y usar la información de manera pertinente, por lo que consideró a “la sociedad del conocimiento” como una aspiración a partir de la “era de la información”. La “sociedad del conocimiento” propuesta por este autor implica la posibilidad de que todos, o al menos la gran mayoría de los seres humanos, tengan “igualdad” de oportunidades educativas para procesar la información disponible, “con espíritu crítico”.

Castells considera que la “Era de la información” se caracteriza por estar centrada en las tecnologías digitales de información y comunicación vinculadas a una estructura social “en red” en los diferentes aspectos de la vida humana a nivel planetario, abriendo cauce al fenómeno de la “globalización”. El propio Castells señala que éste es un proceso de transformación multidimensional que a la vez es incluyente y excluyente en función de los valores e intereses dominantes en cada organización social. Sin embargo, considera que la “sociedad red” conlleva grandes potencialidades de emancipación y relativa “independencia” dentro del proceso de la globalización, en la medida en que la información y la comunicación pueden tener diversos cauces, sin que sean monopolizadas o controladas por un grupo o clase social.

Según Castells (Op. Cit.), los “modos de desarrollo tecnológico” son dispositivos a través de los cuales el trabajo actúa sobre la materia para generar producto. Cada modo de desarrollo se define por el elemento que es fundamental para fomentar la productividad en el proceso de producción:

  1. En el modo de desarrollo agrario la fuente del aumento del excedente es el resultado del incremento cuantitativo de mano de obra y recursos naturales (sobre todo tierra cultivable) en el proceso de producción.

  2. En el modo de producción industrial, la principal fuente de productividad es la introducción de nuevas fuentes de energía y la capacidad de descentralizar su uso durante la producción y los procesos de circulación.

  3. En el nuevo modo de desarrollo informacional, la fuente de la productividad es la tecnología para la generación de conocimiento, el procesamiento de la información y la comunicación de símbolos.

El autor aclara que el conocimiento y la información son elementos decisivos en todos los modos de desarrollo, pero lo que es esencial en el modo de desarrollo informacional es la acción del conocimiento sobre sí mismo como fuente de productividad prioritaria. Cada modo de desarrollo posee asimismo un principio de actuación estructuralmente determinado, alrededor del cual se organizan los procesos tecnológicos: el industrialismo se orienta hacia el crecimiento económico; el informacionalismo se orienta hacia el desarrollo tecnológico, es decir hacia la acumulación de conocimiento y hacia grados de complejidad más elevados en el procesamiento de la información. Si bien, grados más elevados de conocimiento suelen dar como resultado grados más elevados de producto por unidad de insumo, la búsqueda del conocimiento e información es lo que caracteriza a la función de la producción tecnológica en el informacionalismo.

En La sociedad red (1999), Castells analiza el proceso de globalización que amenaza con hacer prescindibles a los pueblos y países excluidos de las redes de la información. Hace notar cómo, en las “economías avanzadas”, la producción se concentra en un sector de la población educado y relativamente joven, así como concibe que la estructura social tenderá a fragmentarse extremadamente como consecuencia de la flexibilización e individualización del trabajo.

La “sociedad de la información” y “la sociedad del conocimiento” consideran que la ciencia y la tecnología, utilizadas racionalmente, irán solucionando los principales problemas de la humanidad. A quienes critican algunos de los usos de la tecnología se les considera como la resistencia oscurantista al cambio social.

Un nuevo tipo de capital, el de la información o el conocimiento, supuestamente implicarían la superación de la “sociedad capitalista” o “sociedad industrial”, con lo cual se entraría a una nueva era de organización social sin los sobresaltos y las rupturas revolucionarias que acompañaron el inicio de la “era industrial”.

Quienes se adhieren a la idea de la “sociedad del conocimiento” convocan a la educación y actualización permanentes, ante la vorágine de la evolución tecnológica, y suelen recordar que en el mundo se producen una gran cantidad de artículos científicos cada segundo, haciendo notar la gravedad del “neoanalfabetismo” de aquellos que no se monten plenamente en ese oleaje continuo de información novedosa.

Como parte de esa tendencia “conocimientista” todo se evalúa y se gestan estándares internacionales para medir el subdesarrollo y la marginación; todo es “competitividad”, “competencia”, “productividad”, “tecnología avanzada o de punta”, “calidad”, “calidad total”, “modernización”. Todo esto basado en la idea de que hay países muy desarrollados y otros subdesarrollados. Los “desarrollados” supuestamente son el modelo a seguir, por lo cual imponen palabras, conceptos, estándares de evaluación, estilos, patrones de comportamiento.

La gran aspiración de todavía muchas personas en América Latina (y en otros países con situaciones similares) es tratar de que su país se asemeje a Estados Unidos, a Japón, a Alemania o a España. Los Tratados de Libre Comercio entre países pobres y países ricos pretenden anular fronteras para las mercancías y para el capital, favorecer su globalización: “que la competencia sea libre”, “que se anulen los subsidios de los estados nacionales”. Pero –paradójicamente– se proponen levantar más barreras para el libre tránsito de las personas.

Los países supuestamente desarrollados son autores de guerras injustificadas y crueles. Violan soberanías nacionales y derechos humanos, cometen fraudes de todo tipo. Tienen los índices de violencia interna más altos, así como también se caracterizan por graves problemas de salud corporal y psicológica. Por ejemplo, a Estados Unidos se le considera un país desarrollado y a México como un país subdesarrollado: Pero, a pesar de que la población estadounidense es casi el triple de la población mexicana, el número de suicidios es 15 veces mayor; el número de asaltos en México es la décima parte que en Estados Unidos, donde se roban casi 7 automóviles por cada uno de los que se roban en México. Los delitos contra la salud relacionados con la compraventa de drogas, según el propio gobierno estadounidense, tienen una proporción de 22 a 1 respecto a México. Los homicidios con arma de fuego en la Unión Americana son más del doble que los que ocurren en México. Las violaciones sexuales registradas en Estados Unidos son casi siete veces mayores a las que se registran en México. Las muertes de mujeres por cáncer de seno, así como las muertes por infarto de ambos géneros, son 9 veces mayores en el país más rico del planeta. El 17% de la población estadounidense padece depresión primaria, más del doble del 8.4% que reportan los estudios realizados en México (Ver cuadro).

 

   Estados Unidos  México
 Población total  300,836,0001  107,000,000
 Suicidios  30,4842  1,9553
 Asaltos  2,238,480  255,179
 Robos de auto  1,147,300  158,801
 Delitos contra la salud (drogas prohibidas)  560.1 por cada 100,000  24.7 por cada 100,000
 Homicidios con arma de fuego  8,259  3,589
 Violaciones  89,110  13,0614
 Muerte por cáncer de seno en mujeres  Más de 40,000 por año  4,500 por año5
 Diabetes  6.3%6 a 7%7  10.9%8
 Obesidad  30%9  27.7% de mujeres 199910
 Muerte por infarto  325,000 por año11 y 12  35,00013
 Depresión primaria  17%14  8.4%15

 

Lejos de representar el “desarrollo” humano, Estados Unidos y otros países poderosos representan la decadencia de la vida humana. Hay que evitar seguir ese modelo. Algo está mal en los conceptos que guían la vida de los países “ricos” y desde dentro de ellos parece difícil que lo puedan comprender cabalmente. En lugar de aspirar a ese tipo de pseudopoder tecnológico es necesario generar otras formas de poder auténtico que lo rebasen y que conduzcan a la elevación de la satisfacción de vida de los seres humanos. El mestizaje de América Latina, sus profundas raíces culturales, su gran cantidad de recursos naturales y sus grandes necesidades sociales, pueden ser el caldo de cultivo desde donde se generen nuevas posibilidades sociales.

El propio Castells, en El poder de la identidad (1999), argumenta sobre la importancia de la identidad cultural, religiosa y nacional como fuente de significado para los individuos, así como la relevancia de esto en los movimientos sociales. Ante el poder de la información en la “globalización” tecnológica surge otro poder que aprovecha las redes de comunicación para potenciar su impacto: la identidad cultural. Analiza el significado de las movilizaciones populares contra la globalización, la gestación de proyectos alternativos de organización social como los que representan el movimiento ecologista y el feminista, así como considera que el Foro Social Mundial originado en Porto Alegre emerge como una de las formas más novedosas de organización activista global en red (Castells,2005).

En efecto, las redes y las nuevas tecnologías constituyen también una nueva posibilidad de contacto, comprensión y afecto entre seres humanos. Por las redes circulan publicidad, propaganda y ofensas, pero también es notoria la expresión de muestras de afecto y solidaridad, felicitaciones de cumpleaños y mensajes fraternos o amorosos, así como permiten compartir ideas, proyectos y el desarrollo de organizaciones independientes y alternativas.


¿Saber es poder?


Con el concepto de “sociedad del conocimiento” se enfatiza la promoción de una idea falaz que surgió con el capitalismo: “la persona que estudie y se informe tendrá las mejores oportunidades económico-sociales”. Con la volatilidad informativa, se puede esgrimir siempre la excusa de que alguien no ha tenido esas oportunidades anheladas porque le falta actualizarse en tal o cual tema. Perseguir más y más “conocimiento” como zanahoria inalcanzable. Quien acepte e incorpore esencialmente los conceptos de Castells y Drucker (aunque no conozca a los autores) es esperable que tenga una vida progresivamente desgastada, con estrés e irritabilidad crecientes y con la disminución progresiva de espacios para la recreación, la charla, la convivencia. La desolación progresiva y generalizada, diversas formas de neurosis, son el efecto directo de la ideología del conocimiento y la información. Aumentos en la violencia social e intrafamiliar, drogadicción-narcotráfico, depresión y suicidios son efectos lógicos que se incorporan para crear un clima cada vez más decadente.

En medio de la “sociedad de la información” y la posible “sociedad del conocimiento” crece el rechazo a la escuela y al saber. Cada vez más se busca la apariencia por parte de docentes socialmente devaluados y laboralmente desgastados, presionados por las evaluaciones y la competitividad a que se ven sometidos, lidiando con escolares con graves lagunas formativas que se han acostumbrado a obtener calificaciones sin que la mayoría le encuentre sentido vivo a los supuestos aprendizajes escolares. Los docentes se quejan cada vez más de la desmotivación que encuentran en sus alumnos.

“Saber es poder” es la frase que repiten una y otra vez quienes se adhieren a la perspectiva de la “sociedad del conocimiento”. Esa frase lleva implícita la idea de que es necesario saber para evitar quedarse atrasado y resultar marginado; según este punto de vista, la pobreza y la marginación son producto de la ignorancia. Al mismo tiempo, se propaga la idea de que “quien sabe más tendrá más poder”, por lo que hay que competir por saber más que los demás y, por tanto, cuidarse de que otros tengan el mismo acceso al conocimiento. Hay que ocultar la información para evitar ser rebasado. Se promueve una competencia por el saber y por el poder como algo natural e inherente a la vida.

Sin embargo, los poseedores de los más “avanzados desarrollos tecnológicos”, sólo son aparentemente poderosos, pues no pueden consigo mismos. La violencia, la guerra, el sometimiento de los otros, que suelen tomarse como indicadores de “poder”, bien analizados resultan esencialmente lo contrario: “no-poder”. Así como el docente autoritario es el que no logra despertar el interés de sus alumnos y tiene que recurrir a amenazas y sanciones para mantener la “disciplina”, la guerra y toda expresión de violencia física constituye la confesión manifiesta de la incapacidad para convencer: no-poder.

Kant (1785/1980 y 1788/1980) reflexionó acerca de la posibilidad de que los seres humanos llegaran a la “paz perpetua” si eran capaces de usar la razón para desarrollar una vida ética aplicando el imperativo categórico:

“Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (Kant, 1785/1980; p. 39).

Kant señala que sólo se puede ser ético cuando se actúa en función de la propia razón o lo que él llama “el deber”, superando las inclinaciones. Lo que Kant no pudo entender es que si una persona prefiere actuar por deber y no por un deseo específico, esto representa también y necesariamente otra determinada inclinación, es decir, un fuerte deseo de actuar racionalmente y hacer lo debido. Es un juego de fuerzas emocionales las que definen que una persona haga una u otra cosa y no “el conocimiento” formal, que en el fondo y por lo mismo es un “conocimiento parcial”.

Si una persona cambia su manera de actuar en algún aspecto debido a una explicación, esto se debe a que ha logrado producir en su dinámica semiótica un sentimiento nuevo que resulta de mayor fuerza que otros sentimientos contrapuestos o inerciales. Una explicación racional puede contribuir a ello cuando ya existen las condiciones emocionales que permitan el efecto emocional positivo del concepto explicado; pero es equivocado suponer que las personas generalmente actuaran de diferente manera al recibir una explicación lógico-semántica. Un alcohólico no dejará su adicción sólo por entender los daños que esa práctica le causa. Quienes logran superar una adicción lo hacen por uno o dos motivos: un fuerte sentimiento de miedo y/o la experiencia de una gran alegría y serenidad mayor que la lograda al utilizar la sustancia tóxica. Sin embargo, el temor tiene efectos colaterales indeseables: inseguridad, inmovilidad, estrés, etc.; por lo que para elevar al mismo tiempo la salud corporal y la motivación positiva de una persona se requiere que pruebe las satisfacciones de haber alcanzado metas individuales y/o colectivas cuyo valor comparte con otros seres humanos emocionalmente importantes.

Lo mismo sucede con los grupos, las organizaciones y la sociedad toda. No cambiarán por simples explicaciones si éstas no se vinculan a procesos vivenciales distintos que impliquen la ampliación de la vida afectiva y la superación continua de retos individuales y colectivos.

Kant (Op. cit.), Rousseau (1762/1984) y Hegel (1817/1988) coincidieron en considerar que la voluntad colectiva se sintetiza en el Estado democrático con sus leyes y sus tres poderes, por lo cual éste constituiría el camino para alcanzar el mayor bienestar social. Marx (1844/1962) cuestionó ese concepto al hacer ver que el Estado y las leyes son un instrumento de poder de unos sobre otros, una dictadura; por lo cual propuso el concepto de “lucha de clases” como “motor de la historia”; concibió que la lucha de los desposeídos contra los poseedores, el sometimiento de los poseedores o “dictadura del proletariado” (socialismo), era el camino para llegar a la sociedad “sin clases” en la que el espontáneo interés individual no resultara contrapuesto con el interés de la colectividad, sino más bien el punto de vista colectivo e individual tendieran a fusionarse (Marx y Engels, 1848/1973).

El “socialismo real” del siglo XX interpretó esa idea marxista como si se tratara de suprimir la individualidad para someterla a los intereses de la colectividad. Hasta la fecha, para muchos resulta muy difícil entender la posibilidad de que una persona se sienta absolutamente libre y espontánea coincidiendo con los intereses colectivos. Estamos demasiado acostumbrados a lo contrario. El deber se percibe como opresión o autocontención, son pocos los que hacen casi todo lo que se les antoja sin afectar los intereses de otros, porque lo que les nace espontáneamente es algo también bueno para los demás. ¿De qué depende esta posibilidad? ¿Del conocimiento?


Lo afectivo es lo efectivo


Contrariamente a Kant, Nietzsche (1886/1999) cuestionó la preeminencia de la razón en la vida humana, proponiendo a la “voluntad de poder” como eje alternativo de la vida. Critica la mediocridad, decadencia y el nihilismo de la humanidad y avisora la emergencia de una nueva especie: el superhombre. Contra el sometimiento al “deber” con base en la razón postulado por Kant, Nietzsche concibe al superhombre (1888/2002) como aquel que no se somete sino a sus pasiones y deseos, superando la hipocresía y la mediocridad de los “rebaños” humanos. Por ello, se opone totalmente a la democracia y al cristianismo. Convoca a quienes tengan la capacidad de entenderlo a una nueva forma de conocimiento no-racionalista, a un intercambio vital de experiencias, deseos, aspiraciones, imaginaciones, etc.

Nietzsche concibió “una voluntad de poder” tanto en los seres vivos como en la “materia inorgánica”, todo es producto del juego de fuerzas o voluntades en la que una tiende a prevalecer sobre las otras. El hombre y el superhombre, así, son producto de la voluntad de poder y no lo inverso. La categoría de superhombre radica en la posibilidad de dar un mejor cauce a dicha voluntad; pero acceder a ese nivel no depende de la elección o la decisión “consciente” de una persona. La nueva especie se forjará en el proceso de transvaloración de los valores, gestando nuevos valores para hacerlos prevalecer (Nietzsche,1878/1996).

En la Teoría de la praxis se retoma parte del pensamiento nitzscheano y su convocatoria implícita a la grandeza y a la superación de la mediocridad y la decadencia humana. Sin embargo, el hueco de la filosofía de Nietzsche radica en un punto que –paradójicamente– comparte con el cristianismo: una visión individualista que no capta con suficiente claridad la manera en que un individuo –como dice el propio Nietzsche (1886/1999)– es “dividuum”, es decir, que cada persona es solamente la síntesis de afluentes históricos, que en su individualidad integra a los demás a la vez que ella misma se inserta en la historia de esos otros.

Los hombres y mujeres nuevos sólo pueden surgir de la integración emocional con la historia, con la colectividad; del “sentir como propio lo que le sucede a otros” y sentir que se inserta emocionalmente en la vida de los demás (Murueta, 1996; Murueta, 1999). Este es el sentimiento de trascendencia que despierta en cada individuo cuando sus acciones rebasan la búsqueda de beneficios unipersonales. La trascendencia emocional es un factor motivacional de gran fuerza que no ha sido considerado en las teorías de la motivación porque los teóricos sólo han concebido motivaciones individualistas: bioligicistas (Freud, Skinner, Watson, Pavlov, Hull), esquemáticas (Maslow) o “conscientes” (Rogers, Frankl, Fromm).

El camino hacia un mundo superior al actual pasa por la intensificación de la vida afectiva en las parejas, entre los padres y los hijos; por el desarrollo de amistades profundas y estables; por la integración emocional de los equipos de trabajo; por el vínculo emocional dentro de las instituciones, en cada comunidad o región, por afinidades diversas, país por país, entre países afines y disímbolos, en la humanidad toda. Los vínculos afectivos son el único antídoto real para el abuso y a la corrupción, conforme se intensifica la vida afectiva genera confianza, seguridad, serenidad y entusiasmo para impulsar y compartir proyectos. Las organizaciones políticas que pretendan contribuir al cambio social efectivo para lograr un mundo fraterno, podrían poner en primer plano de su actividad la construcción de organizaciones propositivas y realizadoras de posibilidades; en lugar de luchar “contra” los adversarios, es necesario rebasarlos, tomar la iniciativa y que los conservadores –en su caso– sean los opositores a la gestación de la nueva sociedad que surge paulatinamente aquí, allá, en todas partes.

Las relaciones afectivas constituyen el verdadero poder y el eje de los procesos económicos. La sociedad occidental, el capitalismo y el modelo actual de globalización, menosprecian y combaten el vínculo emocional, lo consideran un peligro. Para que el sistema capitalista funcione se requieren menores índices de cohesión, más impersonalidad, concebir a los demás como medios para extraerles determinados beneficios. Pero hay muchas demostraciones de que un equipo, un grupo, un país, cohesionado, integrado emocionalmente, logra niveles de productividad mucho mayores que aquellos en los que cada uno dedica tiempo y esfuerzo a cuidarse de los demás.

El reto es combinar organización y afectividad, porque hasta ahora son aspectos aparentemente incompatibles. Quienes desarrollan mayor sensibilidad afectiva pueden caer en la sobreprotección de los otros, en la sobrerresponsabilidad o en la recíproca dependencia emocional, porque la sociedad actual prácticamente no tiene educación emotiva, es decir, organización emotiva. Casi no se sabe cómo dar cauce a los procesos emocionales y se dejan a la deriva, siendo presas fáciles de interesados cazadores publicitarios y propagandísticos.

Las teorías de las emociones y de la afectividad se muestran limitadas en su comprensión de los fenómenos humanos actuales y, especialmente, dicen poco sobre cómo pueden generarse vínculos emocionales estables, acerca de cómo puede producirse la amistad y cómo profundizar los amores filiales y de pareja.

Como germen de la nueva sociedad se necesita generar y desarrollar una “tecnología afectiva” que propicie enlaces progresivos entre quienes buscan la justicia, para elevar su poder de con-vocar a muchos más. El verdadero poder no lo da un cargo público ni el dinero. El poder en esencia significa “poder hacer”. El poder efectivo de una persona o de un grupo debe medirse por su capacidad de convocatoria y de organizar los variados intereses y esfuerzos de los convocados.

Cuantos esfuerzos actuales se desgastan por falta de integración afectiva entre los seres humanos: hay que “vigilar y castigar” (Foucault, 1996), porque los otros constituyen amenazas latentes o chivos expiatorios. Cuántas horas de esfuerzos y vidas humanas, se gastan en hacer y usar armas, así como sistemas de vigilancia, de represión y reclusorios. Cuántos problemas de salud y cuántas muertes son causadas por el estrés en las ciudades; cuántas parejas rotas por la rutina y las presiones; cuántos niños y adolescentes crecen sin respaldo afectivo suficiente; cuántas venganzas, reproches e insultos; cuánta monotonía; cuántas muertes prematuras.

Toca a los artistas de todos los géneros y a los científicos de todas las áreas, especialmente a los psicólogos, producir los símbolos y técnicas necesarios para contribuir a la expansión y profundidad de los afectos (Gramsci, 1975). Despertar en muchos el poder para construir un sueño colectivo posible: la sociedad del afecto.


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